Durante décadas, la economía argentina apalancó su crecimiento económico en algún sector o alguna política en particular. La incorporación de tierras al circuito productivo gracias a la expansión del ferrocarril, fruto de la oleada de inversiones ligadas a la inversión extranjera; primero. Luego fue la aplicación a rajatabla de la industrialización acelerada y el auge del consumo interno. En ambos casos, hay una fecha simbólica de finalización (la crisis global que arrancó en 1929, en un caso y la hiperinflación de 1975, en el otro). Desde entonces, hubo sectores o episodios para pegar un salto, pero inevitablemente siguió una recesión, que volvió todo al inicio.

Durante décadas, la economía argentina apalancó su crecimiento económico en algún sector o alguna política en particular. La incorporación de tierras al circuito productivo gracias a la expansión del ferrocarril, fruto de la oleada de inversiones ligadas a la inversión extranjera; primero. Luego fue la aplicación a rajatabla de la industrialización acelerada y el auge del consumo interno. En ambos casos, hay una fecha simbólica de finalización (la crisis global que arrancó en 1929, en un caso y la hiperinflación de 1975, en el otro). Desde entonces, hubo sectores o episodios para pegar un salto, pero inevitablemente siguió una recesión, que volvió todo al inicio.
Locomotora, se busca. Quizás por esa razón el esfuerzo por encontrar ese motor para arrastrar al resto y evitar las sucesivas recetas de ajuste surgió naturalmente, pero fue ahogado por las urgencias: aguantar la inflación, la caída en el empleo y la pérdida de ingresos, o más recientemente su versión posmoderna, la precarización del trabajo y la pobreza estructural.
Las proyecciones del comercio exterior se quedaron cortas: en junio, la balanza comercial registró un superávit de US$2.194 millones, (+ 149% interanual). En el primer semestre de este año registró un superávit récord de US$13.923 millones, por exportaciones de US$49.454 millones (+24,4% interanual) e importaciones que cayeron 3,9% frente al mismo período de 2025. No se descarta que para a fin de 2026 las exportaciones totales puedan romper el techo de los US$100.000 millones. Marina Dal Poggetto, directora de Eco Go, advierte que no es utópico plantearse en una década las ventas al exterior podrán alcanzar los US$175.000 millones, lo que equivale a un crecimiento sostenido de entre 6% y 7% anual durante este lapso. Sin embargo, la economista advierte la economista que esto puede lograrse aún con un lastre visible: la falta de crédito (tasas negativas para el ahorrista y positivas para el tomador), fruto de las políticas monetarias restrictivas para preservar y evitar la huida al dólar ante cualquier incertidumbre. Ricardo Arriazu mide de alguna manera este colchón de los ahorristas como seguro contra cambios de política económica: la compra de dólares por parte de los minoristas que en 2025 totalizaron un promedio de US$3.250 millones y este año se estacionó en US$2.000 millones mensuales.
La combinación de un superávit comercial creciente, un flujo de inversiones directas atraídas por los sectores “ganadores” (energía y minería, sobre todo) y la paulatina acumulación de reservas para poder depender menos de los prestamistas “institucionales” es la condición necesaria para la sustentabilidad del programa, pero no es suficiente. Es que si bien la actividad económica general sigue arrojando un moderado porcentaje positivo (+1,7% anualizado), el análisis sectorial y regional es muy heterogéneo. “La expansión se concentra en actividades transables y capital intensivas, mientras que a los sectores intensivos en empleo y orientados al mercado interno les sigue costando arrancar” sugiere Esteban Domecq, director de la consultora Invecq en su último informe. Durante su reciente visita al país, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional Kristalina Georgieva, también desnudó estas inconsistencias en vista a un objetivo de la institución que bien podría compartir con el Gobierno: diluir la dependencia que hoy pesa sobre las acreencias del FMI de un solo país y para colmo, con un historial poco confiable. Argentina representa algo menos que 35% del total de su cartera y es el principal deudor individual. Evidentemente, una mejor capacidad de repago es una buena noticia, pero en un giro que contradice con su tradición “noventosa”, la economista búlgara señaló algunos problemas para “ajustar” que van en la misma dirección: pobreza estructural, situación endeble de las Pymes, crecimiento de la deuda irregular de las familias, dificultades para la educación y precarización del empleo. Que Argentina no pueda prescindir del andador financiero del Fondo puede sonar a un halago, pero es una advertencia: el país debe hacer “buen
