avier Milei tiene varias obsesiones. Algunas se le pegaron ya en el poder, como su inagotable ira contra el periodismo. Otras vienen desde antes de su incursión en la política, como su convicción de que el Estado es el gran enemigo a vencer o que los monopolios son una legítima forma de contribuir al capitalismo. Sin embargo, hay una manía que las antecede a todas, el momento cero de la personalidad del mandatario: los años de su temprana infancia donde, entre las palizas del padre, el vacío que le hacía la madre, el bullying en el colegio y una enorme soledad, el mundo entero logró convencerlo de que era un paria. O, mejor dicho, que era un “loco”, el apodo que lo atormentó durante toda la vida.
Victoria Villarruel conoce bien a ese hombre. Durante tres años trabajaron codo a codo, recorrieron juntos el país y compartieron bancas en la Cámara de Diputados, en una época en que La Libertad Avanza sólo tenía dos miembros en ese cuerpo y “la casta” les hacía sentir el rigor: varios legisladores todavía recuerdan cómo la actual vicepresidenta tenía que ir al comedor del Congreso y volver con dos bandejas, ya que el “León” no se animaba a moverse en ese arenal. Juntos llegaron desde el llano al poder, aunque para este momento la relación ya estaba agrietada y a punto de explotar.
Por todo este tiempo a su lado es que ella sabía bien lo que iba a suceder cuando agarró su celular y sus manías de histórica tuitera y posteó en esa red: “Me preocupa profundamente que el Presidente replique insensateces e inventos. Tengo genuina preocupación por su estado y por las persecuciones imaginarias que replica”. Aunque en privado luego reconocería que había sido una calentura del momento -aunque piensa todo eso y más del libertario y de su hermana-, Villarruel sabía lo que hizo aquel 30 de julio a las dos de la tarde. Sabía que había cruzado la línea roja al hablar del gran tabú de Estado, ese tema que nadie tiene permitido mencionar.
Balada para un loco
Hay una lista cada vez más grande de jefes de redacción y dueños de medios que pueden decir que recibieron una llamada amenazante del Presidente. Todos los que atendieron a Milei para escuchar sus gritos podrían contar lo mismo: la regla de oro que pone el libertario, un acuerdo que se tiene que respetar si, además, se pretende que la pauta publicitaria de YPF, Banco Nación y Aerolíneas Argentinas siga llegando.
El tópico del que no se puede hablar o publicar nada, bajo ninguna circunstancia, son los perros presidenciales. Los que viven con él en la Quinta de Olivos o los que sólo existen en su cabeza, como el verdadero Conan, que murió en 2017 y con el que desde entonces se sigue comunicando. Villarruel está lejos de ser la única que es plenamente consciente de esta realidad imaginaria en la que habita el Presidente, y también de lo que significa intentar desarmar o meterse con ese mundo de fantasía. La lista de los que en privado cuentan anécdotas que vivieron en carne propia, donde Milei daba probadas muestras de inestabilidad -como el ex presidente al que en Olivos le presentó cinco perros a pesar de que sólo había cuatro, o un ex asesor en temas internacionales a quien le reveló que tenía largos diálogos de ida y vuelta con Dios-, es muy larga.
